Colores, dunas y estrellas: nuestra aventura en Marruecos ✨🐫

CSS

Nuestro viaje a Marrakech empezó muy temprano, demasiado temprano. Cogimos el vuelo de madrugada, todavía medio dormidos, pero con muchísimas ganas de empezar la aventura. Cuando aterrizamos en la ciudad aún era de noche, y nos dirigimos directamente a la famosa plaza Jemaa el-Fna, donde cada día montan el gran mercado. La sensación al llegar fue un poco inquietante: estaba todo oscuro, casi no había gente y el ambiente era muy diferente a lo que esperábamos.

Para añadir un poco más de emoción al momento, nuestro hotel estaba en un callejón pequeño y nos costaba bastante orientarnos. No conocíamos bien la zona y al principio nos daba un poco de miedo movernos por allí con tan poca luz y tan poca gente alrededor.
Pero antes de hacer cualquier otra cosa teníamos una misión importante: conseguir conexión a internet. Lo primero que hicimos fue buscar una tienda para comprar tarjetas SIM y así tener wifi durante todo el viaje. Una vez solucionado ese problema, ya pudimos relajarnos un poco y empezar a disfrutar de verdad.

Después de eso fuimos a desayunar y probamos el desayuno típico marroquí. Probamos varios dulces tradicionales acompañados del famoso té moruno, que estaba delicioso. Fue el momento perfecto para recuperar energía después del madrugón y empezar el día con buen pie.
Cuando volvimos a la plaza unas horas más tarde, el lugar había cambiado completamente. Ya estaba lleno de gente, los puestos del mercado estaban abiertos y el ambiente era totalmente diferente. Había colores, olores, música y muchísima vida por todas partes. Paseamos entre los puestos, miramos artesanía, recuerdos y disfrutamos del ambiente del mercado.


Después de hacer algunas compras, decidimos apuntarnos a un free tour por la ciudad. Nos pareció una buena idea para aprender a movernos por Marrakech, conocer los mejores sitios para comprar, dónde comer bien y cómo utilizar la moneda local sin problemas. Además, nos ayudó mucho a entender mejor la cultura y la historia del lugar.
Para terminar el primer día, cenamos en un restaurante cerca de nuestro hotel. Estábamos bastante cansados después de un día tan largo, así que decidimos no hacer muchos más planes y nos fuimos pronto a dormir.
Y menos mal que lo hicimos, porque al día siguiente nos esperaba otra gran aventura: teníamos que madrugar otra vez para irnos de excursión al desierto.

Nuestro día empezó a las seis de la mañana en la plaza Jemaa el-Fna, donde nos recogía un autobús para comenzar nuestra excursión de tres días hacia el desierto de Merzouga. Todavía era de noche y la plaza, que normalmente está llena de gente, música y puestos de comida, estaba mucho más tranquila. Poco a poco fueron llegando más viajeros y, cuando todos estuvimos listos, comenzamos la ruta hacia el sur de Marruecos.
A medida que salíamos de la ciudad, el paisaje empezó a cambiar. Dejamos atrás el bullicio de Marrakech y comenzamos a adentrarnos en las montañas del Alto Atlas. 

Nuestra primera parada fue en Zerkten, un pequeño lugar donde paramos unos minutos para estirar las piernas, disfrutar de las vistas y hacer algunas fotos. El guía nos explicó que este punto es especial porque marca el cambio del paisaje: es donde dejamos definitivamente la parte más urbana y comenzamos a entrar en una zona mucho más montañosa y salvaje del Atlas.

Después de continuar varias horas por carreteras llenas de curvas entre montañas, llegamos a uno de los lugares más impresionantes de todo el viaje: Aït Ben Haddou. Este antiguo pueblo fortificado, conocido como ksar, está construido casi completamente con adobe, una mezcla de barro y paja que se ha utilizado durante siglos en la arquitectura tradicional del sur de Marruecos.

Desde lejos ya se podía ver el conjunto de casas de tierra y torres que parecen surgir directamente de la colina, mezclándose con el color del paisaje. Para visitarlo tuvimos que cruzar el río que pasa junto al pueblo y después comenzamos a subir por sus calles estrechas y empinadas, rodeadas de antiguas murallas y casas de barro.



Mientras caminábamos, el guía nos contaba que este lugar fue durante siglos una parada muy importante en las rutas comerciales que conectaban el Sahara con Marrakech, por donde pasaban caravanas transportando oro, sal, especias y otros productos. También nos explicó que Aït Ben Haddou es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO desde 1987, porque es uno de los ejemplos mejor conservados de arquitectura tradicional de los antiguos pueblos fortificados del sur de Marruecos.
Otra curiosidad que nos contó el guía es que el lugar se ha convertido en un escenario muy utilizado por el cine. Gracias a su aspecto antiguo y a su paisaje espectacular, aquí se han grabado escenas de películas y series muy conocidas como Gladiator, La Momia, Prince of Persia e incluso algunas escenas de la serie Game of Thrones.

A medida que subíamos hasta la parte más alta del ksar, las vistas se volvían cada vez más impresionantes. Desde arriba se puede ver todo el valle, el río y el nuevo pueblo que se ha construido al otro lado. Aunque hoy en día la mayoría de los habitantes viven fuera del ksar antiguo, algunas familias todavía conservan casas allí.
Después de visitar el ksar continuamos nuestra ruta hasta Aït Zineb, donde hicimos una parada para comer y descansar un poco antes de seguir con el viaje. Fue un momento perfecto para relajarnos después de la visita y recargar energías para lo que quedaba de trayecto.

Tras la comida volvimos al autobús y seguimos nuestro camino hacia la siguiente parada importante del recorrido: Ouarzazate, conocida como la puerta del desierto y uno de los centros cinematográficos más importantes de Marruecos.

Finalmente, después de un largo día de carretera y muchas paradas interesantes, llegamos a Tinghir, donde terminamos la jornada en el Hotel Bougafer. Allí pudimos descansar, cenar y pasar la noche, recuperando fuerzas para continuar al día siguiente con nuestra aventura hacia el desierto.

Al día siguiente nos levantamos con más ganas que nunca, porque sabíamos que por fin íbamos a llegar al desierto. Empezamos el día temprano y pusimos rumbo a las Gargantas del Todra.
Las Gargantas del Todra son un lugar impresionante. Es un enorme cañón formado durante miles de años por el río Todra. Las paredes de roca son altísimas y cuando caminas entre ellas te sientes muy pequeño. Es uno de esos lugares que impresionan mucho más cuando los ves en persona que en fotos.

Aprovechando que estábamos por la zona también visitamos una casa en Toudgha El Oulia donde vendían telas, alfombras y otros productos típicos. 

Nos enseñaron un montón de cosas y fue curioso ver todos los colores y tejidos que tenían.
Después de esa parada fuimos a Melaab a comer en un buffet. Nos vino muy bien descansar un rato porque todavía nos quedaba bastante viaje. Nuestra siguiente y última parada del día era el desierto y, después de unas diez horas de carretera, por fin llegamos.
Nada más llegar nos estaban esperando para ponernos los pañuelos que se usan en el desierto para protegerse de la arena y del sol. También estaban preparados los camellos que nos llevarían a recorrer las dunas.
Al principio impresionan bastante, sobre todo cuando estás subido y el camello se levanta. Ese momento da un poco de impresión porque parece que te vas a caer. No es lo más cómodo del mundo, pero las vistas y la experiencia merecen totalmente la pena.
Durante el recorrido paramos en una de las colinas para hacer fotos, coger un poco de arena de recuerdo y probar el snowsand, que consiste en deslizarse por las dunas con una tabla. Nos reímos muchísimo. Además fue un momento muy especial porque al principio del viaje casi nadie se conocía y con actividades así empezamos a hablar más y a conocernos mejor.
Después de un rato disfrutando del desierto y viendo el atardecer, empezó a hacer frío. 

Entonces volvimos a subirnos a los camellos y nos llevaron hasta las jaimas donde íbamos a pasar la noche.
Cuando llegamos y nos repartieron en las jaimas fue cuando nos dimos cuenta realmente de dónde estábamos: no había duchas ni enchufes. 
Al principio nos sorprendió un poco, pero después pensamos que estábamos viviendo una experiencia diferente y que también estaba bien desconectar un poco de todo.



Después de dejar nuestras cosas y descansar un rato, nos reunimos todos para cenar juntos. Probablemente fue una de las comidas que más me gustó de todo el viaje. Más tarde nos sentamos alrededor de un fuego donde los guías nos tenían preparado un pequeño espectáculo.
Cuando la mayoría se fue a dormir, uno de los guías nos ofreció salir un rato más al desierto. Allí empezó a contarnos historias. La verdad es que daba un poco de miedo estar allí porque mirases donde mirases no se veía absolutamente nada, todo estaba completamente oscuro. Pero había algo increíble: el cielo estaba lleno de estrellas y se veían muchísimo más que en cualquier otro sitio.

La experiencia durmiendo en las jaimas fue un poco rara. En el desierto, aunque durante el día haga calor, por la noche hace muchísimo frío. Además no teníamos baño dentro, así que si querías ir tenías que salir de la jaima y caminar hasta el baño con todo completamente oscuro.
Al día siguiente volvimos a levantarnos temprano porque nos estaban esperando los camellos para ir a ver el amanecer en el desierto. No tuvimos mucha suerte porque el cielo estaba bastante nublado, pero aun así disfrutamos el momento y del paisaje.
Después fuimos a desayunar a un hotel que estaba fuera del desierto, donde también nos ofrecieron ducharnos. Eso sí, solo había agua fría, así que no fue la ducha más agradable del mundo.
En el viaje de vuelta hacia Marrakech solo paramos lo necesario, para comer o ir al baño, y aun así el viaje se me hizo bastante corto.
Probablemente era porque estábamos muy cansados después de todos los días de excursión.
Cuando llegamos a Marrakech ya nos quedaban pocos días de viaje, pero los aprovechamos al máximo. Seguimos probando comida típica, paseamos otra vez por la plaza Jemaa el-Fna y compramos algunos recuerdos para llevarnos a casa.

Antes de terminar el viaje todavía tuvimos tiempo de hacer una última actividad: recorrer el desierto de Ouahat Sidi Brahim en quads. Fue una experiencia muy divertida y en mitad del recorrido paramos para hacernos fotos y tomar un té moruno.


Los últimos días en Marrakech los aprovechamos para visitar algunos lugares más de la ciudad, pasear por sus calles y disfrutar del ambiente de los mercados.
Cuando llegó el momento de volver a casa todos teníamos la misma sensación: el viaje se nos había pasado volando. Habíamos conocido lugares increíbles, probado comida nueva y vivido experiencias que seguramente recordaremos durante mucho tiempo. Sin duda, fue un viaje lleno de momentos especiales que nunca vamos a olvidar. 🌍✈️✨

Comentarios

Entradas populares